Entrevista exclusiva a Joan Porcel (Director de la película La Carn)

La última película de Joan Porcel, La Carn, se presenta como una obra intensa y provocadora que no deja indiferente al espectador. Con una mirada valiente y profundamente humana, el director explora los límites de la identidad, el deseo y la vulnerabilidad, construyendo un relato que interpela tanto desde lo emocional como desde lo social.

En esta entrevista, conversaremos con Joan Porcel sobre el proceso creativo detrás de La Carn, los retos que supuso llevar esta historia a la pantalla y las reflexiones que motivaron su realización. Profundizaremos en las decisiones narrativas y estéticas que dan forma a la película, así como en los temas que atraviesan la obra y dialogan con el contexto actual.

La película La Carn se estrenará en España en el 29 Festival de Málaga.

¿Cómo nace este proyecto y qué te impulsó a llevarlo a la pantalla?

El proyecto nace a partir de la pieza escénica homónima del performer y coreógrafo Lluís Garau y de su experiencia en plataformas como Chatroulette, que ya estaban en el origen de la obra teatral. La película surge del interés por explorar esas dinámicas de relación con desconocidos en la era digital y por seguir su proceso creativo, jugando con los límites entre la ficción y el documental.

El título es contundente y simbólico, ¿qué representa “La Carn” dentro del universo de la película?

El título viene directamente de la pieza original de Lluís y siempre me ha parecido muy potente porque puede leerse de dos maneras: como “carne” en un sentido humano y emocional, y como “carne” en un sentido más animal o comercial. Representa algo crudo y expuesto, muy ligado al cuerpo, al deseo y a la exposición, que atraviesa tanto la parte performativa como los encuentros digitales de la película.

¿Qué temas centrales atraviesan la historia y qué querías provocar en el espectador?

La película explora temas como la identidad, el deseo, la intimidad digital y las relaciones sexoafectivas mediadas por internet, así como cómo la tecnología y las redes transforman nuestra forma de relacionarnos y entendernos. También reflexiona sobre el consumo del cuerpo y la exposición en plataformas digitales, y sobre la soledad y la búsqueda de conexión en una generación en la que crecimos en un mundo cada vez más online.

Visualmente, la película tiene una identidad muy marcada, ¿cómo definiste la propuesta estética junto al equipo de fotografía?

Aun partiendo del documental, desde el inicio queríamos que la película tuviera una estructura y un dispositivo más cercanos a la ficción, con un equipo técnico y una planificación muy pensada, aunque partiera de material real. La estética está muy vinculada al mundo digital y a la idea de “arqueología de internet”, recuperando la visualidad de la red de principios de los años 2010, porque ese entorno tecnológico es fundamental para entender a los personajes y la historia.

¿Qué papel juega el cuerpo —desde lo físico hasta lo simbólico— en la narrativa del film?

El cuerpo es el principal punto de entrada a la historia. A través de la danza y de la exposición en internet, el cuerpo se convierte en un lenguaje emocional que permite acceder al mundo interior del protagonista: sus miedos, obsesiones y deseos. También es el lugar donde se cruzan la intimidad, el deseo y la mirada del otro, y donde se hace visible esa tensión entre vulnerabilidad y exposición que atraviesa toda la película.

¿Hubo referentes cinematográficos o artísticos que influyeran en el tono de La Carn?

Hay ecos de películas como Cruising, Catfish o El desconocido del lago, en cómo abordan el deseo, la anonimidad y la relación con el otro en espacios de exposición y riesgo. También hay una influencia muy fuerte del propio universo performativo de Lluís Garau y de la estética de internet de principios de los 2010, que funcionó como un ecosistema visual y emocional para la película.

¿Qué retos enfrentaste durante el rodaje?

Creo que en general, enfrentarnos a un mes de rodaje, con un equipo tan extenso y un presupuesto tan ajustado fue una de las mayores presiones a las que me enfrenté. Tuvimos que ser muy flexibles durante el rodaje y abordar las necesidades casi día a día. Por suerte estuve acompañado de un equipo maravilloso, con unos jefes de departamento que remaron a favor en todo momento. En especial, tanto Chali Bujosa (productore), Pere A. Sastre (ayudante de dirección) y el propio Garau generaron una estructura perfecta para que nada se cayese en rodaje.

¿Hubo alguna escena especialmente compleja, ya sea técnica o emocionalmente?

La primera semana de rodaje, en plató, fue especialmente compleja. Era el arranque del proyecto y tenía una logística muy exigente: la construcción de la habitación, la iluminación, los movimientos de cámara y dos unidades rodando en paralelo una misma conversación. A nivel emocional también fue muy intenso: Lluís respondió de una manera increíble y llegó a lugares que en ningún caso me habría imaginado.

¿Cómo trabajaste el ritmo y el montaje para sostener la tensión o la atmósfera?

El montaje de la película ha sido sin duda la parte más complicada para mí de todo el proyecto, un proceso en sala que se alargó unos cuatro meses. Teníamos material sobre la obra, que se había estado rodando durante tres años, el material del rodaje y otro tanto de archivo de internet que había ido recopilando durante mucho tiempo. Las primeras tres versiones de montaje fueron muy frustrantes para mi, ya que en mis anteriores trabajos habíamos encontrado el corte mucho antes. Aun así, el equipo de montaje encabezado por Nuria Guillen y Aina Martos no perdieron la energía en ningún momento y han sabido crear un relato que no te hace querer apartar la mirada en los 85 minutos que dura el metraje.

¿Qué importancia tiene el sonido y la música en la construcción del universo de la película?

El sonido es parte esencial de la película, sobre todo todo aquello que ocurre fuera de campo, pero que sabemos que ocurre porque está presente en la banda sonora. En el caso de la música, hay un trabajo muy cuidado y a la vez muy austero para no ‘cargarse’ la idea de una película que roza constantemente los límites entre lo que parece ser cierto y lo que no.

¿Consideras que La Carn dialoga con la realidad social actual? ¿De qué manera?

Sí. La película refleja cómo las relaciones, la intimidad y la exposición del cuerpo se transforman en la era digital. Explora cómo la tecnología y las redes impactan en nuestra forma de vincularnos, los límites entre deseo y consumo, y la búsqueda de conexión en un contexto donde la soledad y la vigilancia están muy presentes.

¿Cómo reaccionó el público en los primeros pases en su estreno internacional en el Black Nights FIlm Festival de Tallin?

La película tuvo una gran acogida. Durante el Q&A surgieron preguntas muy interesantes, lo que demuestra que logra hacer reflexionar al público. Al mismo tiempo, no es una película apta para todos los públicos: hubo incluso algún espectador que se levantó durante el pase, lo que también forma parte de la experiencia.

¿Te interesa generar incomodidad en el espectador o buscas otro tipo de experiencia emocional?

No busco incomodar por incomodar, sino provocar reflexión. Cogemos al espectador de la mano y le proponemos hacer un viaje a los lugares más íntimos y oscuros de internet, un espacio donde también hay conversaciones y conexiones humanas con algo de luz. La película ofrece una experiencia compleja: momentos que pueden resultar incómodos conviven con momentos de fascinación y cercanía.

¿Qué diferencia a La Carn de tus trabajos anteriores?

A diferencia de proyectos como Samantha Hudson o Sempre Dijous, La Carn rompe con la mirada documental tradicional y nos permite reinterpretar y jugar con lenguajes más creativos para tratar temas que de otra manera sería imposible explorar.

¿Cómo ves el estado actual del cine de autor en España?

Creo que sigue muy vivo: aunque muchas películas no sean grandes producciones, están teniendo cada vez más relevancia en festivales internacionales de primera línea. Las nuevas generaciones de cineastas y productores están cambiando la manera de hacer cine, explorando lenguajes y formas más arriesgadas y personales. Al mismo tiempo, me gustaría que la industria siguiera transformándose hacia prácticas más justas y amables, que beneficien a creadores, productores e instituciones por igual.

Después de La Carn, ¿hacia dónde quieres dirigir tu próxima etapa creativa?

Me interesa seguir explorando los límites entre documental y ficción. Quiero seguir trabajando con nuevos lenguajes que me permitan contar historias complejas y personales. Como en mis anteriores películas también me gustaría seguir acompañando a personajes en procesos que mezclan lo íntimo, lo social y lo digital, profundizando en experiencias que no se hayan capturado en la gran pantalla.

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